20 Mar 2015

No hay comida inocente

María José González y César Augusto Cantú

Las alumnas de nutrición nos explican paso por paso los procesos para conocer los verdaderos contenidos químicos de la comida que ingerimos día con día como si no pasara nada.

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¿Seguro que quieres comerte esto?

 El laboratorio es una habitación amplia rodeada de hornos, mechas, básculas, recipientes y otros aparatos que parecen salidos de una cocina de otro mundo. Al centro hay dos mesas largas, y alrededor de cada una están las chavas, todas ellas de bata blanca. Algunas platican, pero la mayoría están inclinadas sobre un montón de papeles llenos anotaciones, fórmulas matemáticas y símbolos químicos.

Te comes un chocolate: no pasa nada. Te comes una galleta: no pasa nada. Te comes una hamburguesa doble con tocino y queso extra: a lo mejor te sientes inflado y un poquito culpable, pero no pasa nada… O eso es lo que crees. Si algo se aprende en el Laboratorio de Bromatología es que la comida no es inocente.

Como dato curioso, la bromatología es la ciencia que estudia, literalmente, de qué está hecha la comida. Destroza cada alimento en cachitos y averigua qué proteínas trae, cuáles minerales, cuánta grasa, carbohidratos y azúcares, etc.

El laboratorio es donde las chavas de Nutrición tienen un encuentro cercano con la comida, y acaban conociéndola como pocos.

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La verdadera cara de un Ferrero

—Cuando vimos la grasa se veía de un color bien feo… como naranja o rosa. Sí traía bastante grasa el Ferrero —dice Ximena Stringel, de segundo.

Ximena y sus compañeras de equipo trabajan con un Ferrero Rocher. Toman muestras y las descomponen para extraer fibras, grasas, proteínas y demás componentes. Las chavas de los otros equipos andan haciendo lo mismo con oreos, mermelada de fresa y barritas de granola.

El punto de la práctica es conocer mejor los alimentos, saber de qué están hechos. Pero como dice el dicho: en ocasiones, la ignorancia es felicidad, y más tratándose del placer de comer.

—Nos dimos cuenta que sí tiene muchas cosas que no sabíamos, y ya no lo ves igual… —dice Ximena sobre el Ferrero—. Le piensas antes, porque te acuerdas.

—Como que te haces consciente de lo que estás comiendo— añade Mariana de Isla, de cuarto; su proyecto es una oreo—. No te cambia drásticamente, pero sí te hace saber qué estás comiendo.

Por mucho que duela, es la opción más sana.

Comer bien es un acto amoroso

—Si haces palomitas caseras, te saben insípidas. ¿Cómo compensas eso? —pregunta la Dra. Dalia Aguilar, la profe del laboratorio de bromatología—. Pues ponle un poquito de limón, tal vez un poquito de salsa. Ese tipo de cosas te ayuda a compensar todos los aditivos o todos los saborizantes que le puede estar adicionando a los alimentos alguna industria.

Comer sano puede convertirse en toda una batalla. El súper y las demás tiendas están atiborradas de comida procesada, que para colmo es barata y fácil de preparar. Si tienes poco presupuesto o andas siempre a la carrera, esa puede parecer la mejor opción. Pero comer chatarra o comidas rápidas tiene sus consecuencias, que a la larga se notan en el cuerpo.

Cuidarse a veces es laborioso, señala la Dra. Aguilar, sin embargo, es una manera de expresar cariño a ti mismo y a los que amas.

—Es más que nada hallarle el amor por estar sano; qué tanto te amas a ti como para decir realmente merezco una vida sana.

Así que ya saben: cuídense, por amor.

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