26 Feb 2015

Aserrín, aserrán

María José González y César Augusto Cantú

 

Huele a madera quemada.

Ale Treviño está metida entre ocho láminas de triplay. Trae una llave de perico en la mano, con la que aprieta unas tuercas tan grandes como el ojo de un buey. De entrada parece un inventor encerrado en su estudio portátil, trabajando en sepa qué ocurrencia. Pero no, sólo está armando un sillón.

DSC_1413

Ale anda medio apresurada porque le quedan un par de semanas para entregar su sillón. Lo bueno es que el ambiente está tranquilo. El martes fue un día muy ocupado en el Taller de maderas de CRGS. Los alumnos, con el tiempo encima, iban de un lado para otro cargando piezas de madera para cortar, tallar y moldear con cuidado y precisión artesanal. Pero hoy las máquinas descansan cubiertas por una fina capa de aserrín, rastro evidente de su larga jornada. Lo único que se escucha es el giro de una tuerca.

Los ojos de Ale son grandes, la tez morena. Su pelo es negro y lo trae bien corto, con un colchón de cabello platinado que le corona la cabeza. Estudia Artes, pero antes estaba en Diseño Industrial. Todavía se le nota el afán de precisión por unos cálculos y anotaciones que hizo en su libretita de pasta negra.

Ale arma la estructura de la base octagonal del sillón, que está hecha con ocho láminas de triplay unidas por bisagras para formar el octágono. Habla un poco de la precisión de los cortes, de lo bien medido que debe estar el ángulo de inclinación de cada lámina, pero antes de que le salga mucho lo Industrial, dice que le gustaría darle un acabado más artístico, para buscar un balance entre ambas disciplinas.

—Pensé hacerlo como grafiteado, de muchos colores, y si no con acrílicos pintarlo arriba. Pero ya lo tendré que ver ya que tenga todo armado —dice riendo un poco al final.

DSC_1364

 

Hoy los aparatos descansan tranquilos y en silencio, pero cuando están activos hay que tratarlos con cuidado y respeto. Se le exige a los alumnos usar lentes protectores, traer zapato cerrado y recogerse el pelo. Y, por supuesto, manejar las herramientas con mucho cuidado; nadie quiere perder un dedo en la sierra.  Comenta Ale que las reglas son estrictas y los alumnos respetan mucho el equipo, y por eso mismo es bien raro que pasen accidentes.

En el taller hay un leve olor a tronco cortado. Pedacitos de madera yacen junto a la maquinaria, y el aserrín forma montecitos en varias partes del suelo. Parece un lugar agradable a su manera. Ale nos dice que sí, que lo es, y que hay algo padre de trabajar la madera porque “huele súper rico a la hora de cortarla; huele a madera quemada”.

Partimos y Ale se queda entre sus ocho láminas de triplay, apretando las tuercas de su sillón. Siente que ahí la lleva; le gusta cómo va quedando.

—Pensé que no me iban salir unos cálculos, pero sí me dieron, entonces no soy tan mala en física y en mate —dice, y luego ríe.

 

DSC_1407

***

PD: Ojo, nos tocó ver el Taller de maderas en uno de sus ratos tranquilos. Hablamos un momento con Alejandro Izaguirre, jefe del Taller y nos comentó lo loco que puede ponerse el lugar en ciertas fechas. Chequen el audio.

 

DSC_1353DSC_1355DSC_1350DSC_1406DSC_1364-e1424939484521DSC_1361DSC_1413DSC_1407

Etiquetas:            

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *