25 May 2018

Siete historias alrededor del Álbum Panini

Andrea Pérez y Diego Estrada

Alfonso visita por tercer fin de semana consecutivo el Panini Point que está en Pueblo Serena para intercambiar -y comprar si es necesario-  las estampas del Mundial que le faltan. Prefiere llegar desde temprano y esperar a que otros colectores se acerquen a él. Lleva una bolsa Ziploc que contiene las tarjetas repetidas, una hoja llena de números y una pluma para marcar las que consiga intercambiar.

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Alfonso visita por tercer fin de semana consecutivo el Panini Point que está en Pueblo Serena para intercambiar -y comprar si es necesario-  las estampas del Mundial que le faltan. Prefiere llegar desde temprano y esperar a que otros colectores se acerquen a él. Lleva una bolsa Ziploc que contiene las tarjetas repetidas, una hoja llena de números y una pluma para marcar las que consiga intercambiar.

-Jóvenes, ¿traen estampitas?- nos dice Alfonso cuando se percata de nuestra presencia.

-Ojalá- contesta Diego.

Le aclaramos que estamos ahí para hacer un reportaje y nos invita a sentarnos. Coleccionar el álbum del Mundial es algo muy popular entre niños y jóvenes. Se les ve en las escuelas y plazas cambiar estampitas y llenar sus álbumes. Pero no es muy común encontrarse a un hombre de 72 años en un punto de intercambio.

-¿Tiene mucho tiempo coleccionando los álbumes?

-Es la tercera vez que lo hago, pero sólo he terminado en una ocasión. Las otras veces lo he dejado a medias-

-¿Y lo hace con alguno de sus hijos o nietos?- pregunto con un poco de miedo porque no sé si los tiene.

-No tengo nietos. Mi esposa y mis hijas me insistieron en que llenara el álbum para que saliera de la casa y no me aburriera- contesta haciendo un gesto con la mano -Pero sí las pego en casa con ellas-

Este se ha convertido en un pasatiempo muy costoso, un paquete con cinco estampas cuesta 14 pesos. Una caja con 100 sobres vale 1400 y no te garantiza completarlo. Por eso Alfonso está ahí para intercambiar o negociar a precios accesibles sus faltantes. Ha pasado mucho tiempo desde que era niño, en ese entonces no se compraban las estampitas, se jugaban volados para ver quién se quedaba con la que estaba en juego.

 

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-¡El álbum es el boom! En todas las sucursales es lo que más se vende- Dice Lucía, vendedora de Panini. Además de ser el distribuidor de estampas, venden cómics, mangas e imágenes de colecciones como Avengers y Dragon Ball. Pero en estos tiempos a nadie le importa otra cosa que llenar su álbum.

Tan grande es la demanda que para satisfacer a los clientes se surte todos los martes, miércoles y viernes. Y aún así, en ocasiones han tenido que salir a comprar en otras tiendas a las que abastecen para evitar darle una negativa a los coleccionistas.

 

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Como muchos jóvenes de su edad, la víspera del Mundial le genera emoción. Tardó tres semanas en llenar el álbum y, cuando se dio cuenta de que todavía faltaba mucho tiempo para que empezaran los juegos, Augusto de 26 años decidió comprar otro y llenarlo de nueva cuenta, con tal de no alejarse de la experiencia mundialista. Tampoco es la primera vez que lo hace, se ha dedicado a coleccionar desde el Mundial Alemania 2006.

En esta edición se hizo una aplicación para el álbum: Panini Collectors. En ella puedes escanear tus estampas para llevar un control efectivo y al ingresar la mayor cantidad te puedes convertir en el colector del mes.

Sin embargo, Augusto prefiere hacer un listado a mano. Encuentra la aplicación confusa y poco interactiva.

-Como es touch y vas pasando de arriba a abajo puedes llegar a quitar el número de alguna estampita sin querer y eso te confunde porque la tachas sin que te des cuenta- nos explica.

 

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A raíz de este reportaje nos enteramos de la existencia de los Panini Points, lugares donde gente se reúne a cambiar, comprar o vender estampas. La primera vez que llegamos al que está ubicado en la sucursal de Panini nos topamos con dos mesas al aire libre y más gente de la que éstas podían recibir. Entre todos los presentes destaca Laura, una señora que aparenta unos cincuenta y tantos años, en busca de escudos. A cada persona con la que se acerca le pregunta:

-¿Cuánto quieres por un escudo?-

Sergio se encuentra sentado, está abriendo los sobres que acaba de comprar. Su novia que está sentada a su lado le pregunta:

-¿Qué te salió?-

-Un escudo, pero ya lo tengo-

Laura escucha y se acerca inmediatamente a Sergio.

-¡Te lo compro!-

-Mhmmm, no sé- responde Sergio incómodo.

-¿Por qué no?, con el dinero que te dé te puedes comprar más-

Sergio voltea a ver a su novia y con los ojos le pregunta qué hacer.

-Tú sabes- le responde con tono amenazante.

-Es que los escudos sólo se cambian por otros escudos-

Laura se da cuenta que no va a convencer a Sergio e indignada se da la vuelta y continúa su búsqueda.

En ese momento decidimos sentarnos con Sergio y su novia. Diego y yo creemos que puede tener una historia interesante.

-¿Podríamos hacerte una breve entrevista?- le digo sin hacer muchos rodeos.

Sergio es alto, delgado. Tiene barba y lentes. Sonríe mucho y es amable. Nos cuenta que la primera vez que llenó un álbum fue en el Mundial de Francia, cuando apenas tenía siete años. Veinte años después ve a los niños con mucha capacidad de negociación. En varias ocasiones se ha llegado a sorprender por lo “picudos” que son. Asegura que él no es tan obsesivo, que sólo lo hace por diversión y que le sirve para saber más sobre los equipos y llevar los resultados de los partidos.

-¿Cuántas te faltan para completarlo?-

-Unas treinta-

-Ya casi- dice Diego mientras nos despedimos.

 

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Entramos a la sucursal y nos encontramos con Dinora y Mariluz, dos chavas de veintiún años, les preguntamos si las podemos entrevistar y aceptan. Se viene a mi cabeza la situación que había pasado anteriormente con Laura y les pregunto si alguna vez han comprado o vendido estampitas.

-No, nunca lo he hecho, creo que nunca lo haría- me responde Mariluz tajantemente y Dinorah hace un gesto de aprobación, sumándose a la respuesta de su amiga.

-¿Alguna de ustedes tiene escudos?- pregunta Laura, quien aparece de sorpresa.

-Sí- contestaron al mismo tiempo

-¿Cuánto quieres por él?- le pregunta a Dinora.

-La verdad nunca he vendido uno- le responde con evidente incomodidad.

Todo indica que esta vez Laura no se irá sin conseguir un escudo. Voltea con Mariluz y le pregunta:

-¿Tú cuánto quieres?, les doy cincuenta-

 

Las dos se miran. No saben qué responder. Laura saca el billete y se los ofrece a cambio de sus respectivos escudos. Aceptan y Laura se va feliz por conseguir lo que quería.

Después de presenciar esta situación le digo a Dinora:

-Siempre hay una primera vez-

-Ay, estuvo muy raro, nunca lo había hecho y menos por veinticinco pesos, además es la primera vez que vengo a intercambiar, ¡está padre!- se ríe y voltea a ver a su amiga, sorprendida por lo que acaba de suceder.

Mariluz nos confiesa que lo más raro que había visto era que alguien vendiera una estampita Panini a treinta pesos en una página de Facebook.

La pasión por coleccionar, nos cuenta Dinora, nace por la adrenalina que le genera intercambiar y pegar las estampitas. Es un hobby que tiene con su hermano desde Mundiales anteriores.

De igual forma, Mariluz asegura que ha coleccionado el álbum desde que era pequeña; sin embargo, ésta es la primera vez que lo hace sola.

-Como antes coleccionaba con mi papá él se encargaba de intercambiar con sus amigos del trabajo, llegaba a casa y las pegábamos.-

 

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Detrás de la caja, vimos a un señor que coordina a los trabajadores, supongo que él nos podría hablar un poco más sobre este fenómeno -si es que le podemos llamar así-. Nos presentamos y lo cuestionamos sobre el propósito que tienen los centros de intercambio.

-Lo que hacemos es promover la convivencia y la unión familiar, hacemos que los niños dejen las pantallas para que convivan cara a cara-

Efraín, el responsable de la franquicia, nos platica que llevan años organizando los Panini Points para ayudar a que los fanáticos no inviertan tanto dinero. Antes de irnos nos dice que coleccionar el álbum une a padres e hijos, los hace tener una actividad en común.

Mientras caminamos hacia la salida, pienso en lo que nos dijo Efraín. A lo lejos un padre con su hijo pegan estampitas, tenemos que acercarnos, queremos confirmar la teoría.

-¿Cuánto tiempo tienen haciendo esto juntos?-

-Este es el primer álbum que compro con mi hijo Roberto, a mí me gusta venir porque es un ambiente familiar y a él porque podemos intercambiar- dice Daniel de cuarenta y cuatro años -Los abuelos se distraen, las mamás se acercan a sus hijos y a nosotros, los papás, nos ayuda a olvidar el trabajo y compartir nuestro tiempo libre con ellos.-

 

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-La venta de este álbum ha sido todo un éxito hasta ahora- nos comenta Rosario, socia de la sucursal Panini.

Durante la conversación, más personas llegan a la sucursal, hacen hasta lo imposible por intercambiar sus estampas repetidas, es una actividad a la que le dedican mucho tiempo.

-No hay día a la semana que la gente no venga, una vez estando aquí se quedan hasta la hora del cierre. No es mentira que si no fuera porque los corremos ellos se quedan, realmente no se quieren ir.

 

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Un par de horas después, el lugar sigue saturado de niños y niñas acompañados de sus familiares. Hay papás que sólo están para cuidar a sus hijos, mientras que otros se dedican a vivir todo el proceso de intercambiar estampitas desde las tres de la tarde hasta las ocho de la noche que cierra el local.

En una mesa se lleva a cabo una negociación, una señora con su hijo habla con otros que están alrededor de ella.

Me atrevo a interrumpir y preguntarle a la señora cuántas le faltan para terminar el álbum.

-Treinta- me contesta sorprendida.

-¡Ya no les falta nada!- le contesté con emoción- mi nombre es Andrea y él es Diego, estamos entrevistando a varias personas para conocer más sobre por qué a la gente le gusta juntar las estampitas, ¿les molesta si nos quedamos para ver cómo hacen su intercambio?

-¡Para nada! Yo soy Ana y él es mi hijo Santiago. Mucho gusto- me dice y se voltea para seguir con su intercambio.

Con tan solo treinta estampitas faltantes, vemos como Ana, madre de Santiago, intenta conseguir el escudo de Rusia que le falta a su hijo, ella  intercambia y él las pega. Tienen una conexión muy fuerte. A diferencia de muchos niños, Santiago le permite a su mamá involucrarse en todo el proceso.

Ana se acerca a dos niños y empieza a hablar con ambos para hacer una negociación, sin embargo, la abuelita que los acompaña es quien se dirige a Ana para hacer posible el intercambio. Los nietos no intervienen, ni siquiera para ver cuáles eran las estampas que estaban en juego; la abuela, con una sonrisa en el rostro, hace el intercambio.

-Ya les conseguí más estampas, péguenlas para que no las pierdan- les recomienda.

Ellos no muestran mucho interés, sólo hacen lo que la abuela les dice.

Ana se retira de ahí con Santiago para sentarse en otra mesa. No consiguieron el escudo de Rusia, pero obtuvieron un jugador de Inglaterra que les faltaba.

Se acerca la hora del cierre y Santiago no se quiere ir. Está triste. Ana se da cuenta y le agita los hombros.

Diego y yo escuchamos a lo lejos su conversación.

-No te preocupes, podemos regresar mañana, seguro habrá más gente.-

Él voltea a verla.

-¿Segura?-

-Sí, Santi. Vámonos.-

 

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