18 noviembre 2014

Ayotzi… ¿qué?

Eduardo Carrillo Cantú
Pasamos de la tinta y la cartulina al teclado y al monitor; de la consigna a todo pulmón al hashtag y al share. Nos mudamos de cerrar las calles a abrir los links de noticias para saber qué es lo que se andaba posteando en nuestra página inicial de Facebook, para conocer qué era Ayotzinapa, el porqué estaba en los trending topic de Twitter o el porqué algunos amigos usaban esa nueva palabra en los hashtags de Instagram y otras redes sociales. Pronunciarla, al inicio, es difícil, no tenemos –o teníamos- familiaridad con ella, pero a medida que pasaban los días se hacían más numerosas las noticias, aumentaba la curiosidad y el asombro y el dolor se hacía cada vez más fuerte: nos fuimos acostumbrando a la palabra Ayotzinapa. De lo que no nos acostumbramos es de ver una arista putrefacta de México así como no podemos ignorar el dolor que provoca una cortada en el dedo a causa del borde de un papel.
No hablábamos entre clases de lo que ocurría en el país o en el mundo; en los sagrados juevecitos sólo nos actualizábamos, entre amigas y amigos, de nuestra vida hasta que repentinamente comenzamos a ver que lo que parecía una cadena de oración o cosas raras de algunos amigos que tomaba un tono más contundente. Dejamos de darle scroll a las imágenes que decían #Ayotzinapa o #VivosSeLosLlevamosVivosLosQueremos para ver los estados de Facebook, para leer noticias y saber qué es la desaparición forzada y quiénes son esos 43 jóvenes. Y en tanto que más nos informábamos al respecto, más nos cayó el veinte de que no sólo son 43, sino más de 25 mil personas a quienes han desaparecido desde el año 2006, y que no sólo México está reaccionando, sino que decenas de países en todo el mundo tienen una postura social y política frente al dolor ajeno y a la indignación.
Comenzamos a identificar de dónde provenía este vigor colectivo, una profunda indignación a lo que parecía ser un hecho completamente ajeno a nuestra realidad. Y en eso supimos que son estudiantes, que tienen entre 19 y 27 años, que tienen papá y mamá, hermanas y hermanos, tienen amigos, tienen profesores y compañeros, tienen vecinos tal como nosotros. Pero que a partir del 26 de septiembre, 43 pupitres quedaron vacíos, 43 camas se quedaron tendidas y, por lo menos, 172 ojos siguen derramando lágrimas, esperando ver a sus hijos en vida y no a través de una fotografía. Y no sólo esas 86 gargantas gritan, sino decenas de miles lo hacen en todo el mundo. Simplemente en el zócalo capitalino se reunieron 15 mil personas exigiendo la aparición con vida de nuestros 43 compañeros estudiantes el pasado fin de semana.
Y la razón es porque estamos cansadas y cansados. Cansados de ver nuestras calles vacías por miedo a los “malitos”, cansados de la ineptitud de los gobernantes y la corrupción, cansados de preguntarnos si pusimos llave a la casa o alarma al coche, cansados de ver siempre sangre y balas en las noticias, cansados de creer que no podemos hacer nada por nuestro país, cansados de sentir que estamos solas y solos en este mundo de concreto. Y cuando nos dimos cuenta que no estamos solos nos organizamos. Y ante esto, somos miles quienes nos sumamos a lo que representa la exigencia de ver a esos 43 estudiantes abrazando a sus familias.
Eduardo Carrillo Cantú
Licenciatura en Sociología (LS)
Sexto Semestre
eduardo.carrillo@udem.edu
 
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